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09 DE JULIO CAMPESINOS SERRANOS DERROTAN A CH

Manko, 09.07.2005 04:17


El ejercito chileno se dedicaban a hacer sufrir a la población de campesinos indígenas con los que se topaban les robaban sus pertenencias, violaban, maltrataban, masacraban a niños, niñas, mujeres, ancianos, incendiaban sus viviendas y hasta los fusilaban. ¿Qué les habían hecho los pobladores indígenas de la sierra central a los chilenos? ¿Por qué tanto ensañamiento con unos pobres pobladores laboriosos que pacíficamente labraran sus chacras para



Lo que siempre se oculta de la guerra de que realizaron los chilenos contra el Perú es las atrocidades que cometieron contra la población pacífica peruana especialmente de la sierra central. El ejercito chileno en su avance demencial a fin de ocupar las diferentes ciudades de la sierra como Huancayo, Tarma, Ayacucho, Huancavelica, etc., iban dejando a su paso muerte y desolación. El ejercito chileno se dedicaban a hacer sufrir a la población de campesinos indígenas con los que se topaban les robaban sus pertenencias, violaban, maltrataban, masacraban a niños, niñas, mujeres, ancianos, incendiaban sus viviendas y hasta los fusilaban. ¿Qué les habían hecho los pobladores indígenas de la sierra central a los chilenos? ¿Por qué tanto ensañamiento con unos pobres pobladores laboriosos que pacíficamente labraran sus chacras para sobrevivir? ¿Por qué tanto odio si estos pobladores nunca habían ofendido a los habitantes de Chile?. Lo cierto es que ahí en la sierra central peruana había invadido el ejercito chileno cometiendo unos y mil abusos contra unos pobladores que nunca siquiera sabían si Chile era una Nación o un Señor.
Los pobladores de la sierra en su mayoría indígenas cansados de los abusos sin límites del ejército chileno decidieron organizarse y enfrentarse armado de piedras, palos, picas, rejones, hondas, escopetas y unos pocos fusiles. Aproximadamente a las 14:30 horas del domingo 9 de julio 1883, una tarde fresca y soleada que en nada hacía presagiar el inicio del drama a desencadenarse, los pobladores humildes de valle del Mantaro armados de valor y decididos a combatir aparecieron por los cerros que rodean Concepción. Al percatarse de ello, el sorprendido capitán chileno Carrera Pinto rápidamente evaluó con sus oficiales el curso de acción. La primera posibilidad que se presentaba sugería emprender una retirada rápida pero ordenada habido cuenta de la imposibilidad de sostener con sólo 77 soldados de infantería armados apenas con fusiles y bayonetas y escasos de munición, un ataque de 1,300 campesinos mal armados. Esta posibilidad sin embargo fue rápidamente descartada al considerar que los guerrilleros indígenas podían emboscarlos en el proceso de repliegue y que sería más difícil combatir a campo descubierto, donde las tropas se presentarían más vulnerables. Se optó entonces por permanecer en el lugar y mantener la posición, pues se esperaba contar con el apoyo del coronel del Canto, que luego de evacuar Huancayo, debía pasar por Concepción en el transcurso de las próximas horas. En tales circunstancias los chilenos confiaron en resistir el ataque adversario, hasta que llegara el grueso del contingente y provocara un vuelco en lo que se vislumbraba como un desigual combate. En consecuencia, el enérgico Carrera Pinto ordenó a sus hombres prepararse para la lucha, al mismo tiempo que despachó a un cabo y dos soldados para que intentaran llegar a Huancayo y avisaran al cuartel general sobre su difícil situación. Así, la guarnición se vio reducida a 74 hombres sin siquiera haberse iniciado el combate.

En Concepción, la fuerza peruana inició esporádicos disparos desde las colinas. La guarnición chilena, obligada a conservar municiones, no contestó el fuego. Más bien se preparó para repeler un ataque frontal. Carrera Pinto dividió entonces su destacamento y en principio mantuvo la opción de defender todo el perímetro de la Plaza de Armas, para lo cual distribuyó a sus hombres en las barricadas acondicionadas previamente en los cuatro accesos a la plaza.

En poco tiempo el ejército y los irregulares peruanos comenzaron a bajar por las laderas; los guerrilleros se dirigieron hacia el sur y los hombres del ejército regular convergieron por el norte, con lo que aseguraron el cerco sobre el pueblo. Acto seguido emprendieron el asalto simultáneo a la plaza. No bien se inició aquella violenta incursión, los chilenos respondieron a pie firme con una descarga cerrada, causando muchas bajas en los peruanos. Estos sin embargo no se amilanaron y continuaron en la brega, siendo rechazados una y otra vez desde las posiciones chilenas, lo que dio inicio a la primera fase del combate, que se prolongaría aproximadamente una hora. El fuego chileno demostró ser bastante certero y por lo tanto mortal. Las embestidas peruanas no podían romper las barricadas y se veían obligadas a retroceder para reintentar una y otra vez penetrar las defensas del adversario. En este cruento proceso sin embargo, algunos chilenos resultaron muertos o heridos y pronto se hizo evidente que por más esfuerzos que hicieran no podrían mantener los accesos indefinidamente. Los indígenas peruanos, pese a las bajas sufridas no mostraban intención de suspender o concluir el ataque y se vislumbraba que su aguerrida determinación y ventaja numérica pronto les permitiría alcanzar su objetivo. Así fue, porque pese a todos los intentos por no ceder las posiciones, los chilenos fueron forzados a replegarse de a pocos hacia el centro de la Plaza de Armas cargando a sus heridos y dejando sobre los accesos -mudos testigos de la épica lucha- los cadáveres de sus compañeros caídos en acción. En esa nueva posición quedaron sin embargo más expuestos que antes. Teniendo en cuenta que bajo tales circunstancias resultaba suicida mantener la plaza, el capitán Carrera Pinto ordenó a sus fuerzas replegarse hacia el cuartel, desde el cual continuarían combatiendo. Los hombres obedecieron y pronto la Plaza de Armas quedó desierta.

Una vez dentro del cuartel los soldados trancaron las puertas y tapiaron con muebles las ventanas dejando sólo troneras para disparar. Los heridos capaces de combatir ocuparon posiciones y aquellos que yacían enfermos como el teniente Montt se unieron a la lucha.

Mientras el contingente de campesinos serranos evaluaba un plan de acción para capturar el cuartel mediante un asalto convencional indignados por las represalias, cupos y otros abusos cometidos por la división chilena del centro contra sus pueblos y familias, se lanzaron una vez más, indiscriminadamente, contra dicha división. Esta decidida acción fue respondida con un fuego nutrido y compacto que los obligó a replegarse no sin sufrir cuantiosas bajas.

Suspendido este ataque, el coronel Gasto, consciente que tarde o temprano tomaría el cuartel chileno y previendo que este proceso demandaría un mayor derramamiento de sangre en ambas partes, que inclusive podía implicar el exterminio del valiente destacamento enemigo, envió a uno de sus oficiales para que, bajo bandera de parlamento, les planteara la rendición de acuerdo a las leyes de la guerra y ante la imposibilidad de que los hombres de la cuarta compañía del Chacabuco mantuvieran por mucho tiempo su frágil posición.

El texto de la notificación suscrita por el coronel Gasto era corto pero explícito:

"Señor Jefe de las fuerzas chilenas de ocupación.- Considerando que nuestras fuerzas que rodean Concepción son numéricamente superiores a las de su mando y deseando evitar un enfrentamiento imposible de sostener por parte de ustedes, les intimó a deponer las armas en forma incondicional, prometiéndole el respeto a la vida de sus oficiales y soldados. En caso de negativa de parte de ustedes, las fuerzas bajo mi mando procederán con la mayor energía a cumplir con su deber."

La respuesta de Carrera Pinto fue tan dramática como tajante. En el mismo papel que recibió la notificación de rendición escribió:
"En la capital de Chile y en uno de sus principales paseos públicos existe inmortalizada en bronce la estatua del prócer de nuestra independencia, el general José Miguel Carrera, cuya misma sangre corre por mis venas, por cuya razón comprenderá usted que ni como chileno ni como descendiente de aquel deben intimidarme ni el número de sus tropas ni las amenazas de rigor. Dios guarde a usted".

En otras palabras, no pensaba rendirse. Frente a tales circunstancias el mando peruano no tuvo más remedio que disponer la reanudación del ataque. Los guerrilleros indígenas y las fuerzas regulares que ocupaban los accesos de la plaza emprendieron un nuevo asalto para capturar el cuartel. Aquella aguerrida incursión realizada a pecho descubierto por hombres en su mayoría armados sólo con piedras y rejones fue nuevamente rechazada con feroces descargas de plomo.

Se continuó pues combatiendo con igual ímpetu hasta que la tarde dio paso a las penumbras de la noche; el frío se acentuó, el silencio se apoderó de la plaza y uno y otro bando se dedicó a atender a sus heridos y a reponer fuerzas. Los peruanos sólo deseaban poner término al drama y los estoicos chilenos aún mantenían la esperanza que de un momento a otro aparecerían las tropas que los salvarían de lo que ya se presentaba como una muerte segura. Sólo era cuestión de tiempo. Mientras tanto sólo quedaba continuar la lucha.

El combate se reinició alrededor de las 19:00 horas, sólo que esta vez adquirió un matiz diferente. Los peruanos continuaron disparando contra el cuartel y avanzaron protegidos por la oscuridad, hasta lograr finalmente alcanzar las paredes del recinto. Los hombres del Chacabuco formaron y armados de gran coraje salieron en grupos a repeler los ataques a la bayoneta, con lo que hicieron retroceder a sus atacantes. Esta secuencia se repitió en varias oportunidades y se prolongó por varias horas y si bien en este proceso los chilenos lograban parcialmente su cometido, es decir alejar a los peruanos de su posición, comenzaron a sufrir bajas en mayor proporción. En este proceso Carrera Pinto recibió dos heridas en el brazo.

Los peruanos finalmente se hicieron dueños de la totalidad de la plaza, con lo cual pudieron controlar las casas aledañas al cuartel, que de este modo terminó rodeado por los cuatro lados. Así, trepados sobre los techos vecinos y desde distintos ángulos, continuaron disparando contra el objetivo y causando más mortandad entre los agotados adversarios.

Carrera Pinto vio la situación desesperada. El tiempo transcurría; del Canto no aparecía, las municiones casi se habían agotado y las bajas eran proporcionalmente grandes. Sí bien el espíritu combativo de sus hombres no había mermado todo hacía presagiar que el final era inminente. En la practica los peruanos ya eran dueños de Concepción, salvo por aquella construcción que servía como cuartel chileno. Los gritos intimando a la rendición se sucedían, pero el oficial sureño, pese a su situación, prestó oídos sordos y decidió mantener su puesto hasta las últimas consecuencias. Era evidente que prefería morir antes que rendir su comando. El olor a pólvora, la sangre, el humo, los gemidos de los heridos, los gritos de los combatientes, las amenazas, el ruido de las balas, todos ellos elementos componentes de un espectáculo dantesco pero épico donde ambas partes daban muestras de un valor admirable: En unos, el tener que sostenerse espartanamente contra fuerzas infinitamente superiores con la seguridad que si no llegaban refuerzos serían exterminados; en otros, la mayoría descalzos y sin uniforme, el enfrentar con el pecho descubierto, blandiendo apenas hondas y rejones, los mortales y certeros disparos del contrincante.

Antes de la medianoche ya la mitad de la compañía del Chacabuco había perecido en la contienda. Pero los sobrevivientes no bajaron la guardia, batiéndose a balazos, culatazos o cargando a la bayoneta, pero jamás dispuestos a ceder su posición. Fue entonces que los indígenas peruanos realizaron nuevas variantes para lograr ingresar al cuartel y dar término al drama. Abrieron forados en las paredes de adobe y exponiéndose a una muerte segura treparon sobre el techo de paja para incendiarlo y forzar su evacuación. El fuego, avivado por la cera que lanzaban los contrincantes hizo presa del cuartel y sus ocupantes apagaron lo que pudieron. El humo se intensificó. Al final no había agua. Carrera Pinto decidió entonces efectuar otra salida con objeto de limpiar nuevamente el perímetro. Al frente de su grupo se abrió paso con los corvos, avanzando por el frente y los costados del cuartel.

El resto que permaneció en el interior intentaba alejar a los heridos del fuego y detener a los peruanos que pretendían ingresar por los forados. Fue en estas circunstancias que el aguerrido capitán y varios de sus hombres cayeron muertos en acción, el primero por una bala que le atravesó el pecho. Las puertas del cuartel volvieron a cerrarse con no más de dos docenas de hombres aptos para combatir, ahora bajo el mando del subteniente Montt. Un tiempo después los chilenos se vieron obligados a salir para repetir la operación y en la temeraria carga Montt también resultó muerto. El mando recayó en el joven Pérez Canto.

Nuevamente los oficiales peruanos y los pobladores de Concepción solicitaron a los chilenos rendirse pues no había razón para continuar tan fútil lucha. Los emisarios sin embargo fueron baleados en el fragor del combate y ello enervó a los atacantes que consideraron tal reacción como un acto de traición. Los ataques se prolongaron durante toda la madrugada, sin mitigarse y sin que los chilenos se decidieran finalmente a presentar bandera de parlamento.

Amaneció finalmente y con la luz del día como testigo, Pérez Canto se vio obligado a efectuar una nueva y suicida incursión fuera del cuartel. Peleó hasta donde le dieron las fuerzas y sucumbió finalmente con los hombres que lo acompañaron, todos víctimas de su arrojo.

Dentro del recinto sólo permanecía el novel subteniente Cruz con una docena de soldados y tres cantineras. Una vez más el coronel Gasto, impresionado ante el espectáculo y fastidiado por el derramamiento de sangre, quiso salvar la vida de los sobrevivientes y exhortó a Cruz a deponer su actitud combativa, le hizo ver que ya había cumplido sobradamente con su deber y que era demasiado joven para morir. Inclusive se le hizo llegar el mensaje de una muchacha amiga de este, en el que le imploraba que pusiera fin a la contienda. Fue inútil.

Los chilenos prosiguieron disparando, con los cañones y percutores de sus rifles calientes por las continuas descargas. Finalmente las municiones se les agotaron por completo. A las diez de la mañana aproximadamente, el fuego había adquirido proporciones terribles. El destacamento ya no podía permanecer dentro de ese infierno pues inclusive algunos hombres eran alcanzados por las llamas o se ahogaban por efectos del humo, que hacía irrespirable el ambiente. La mayoría de los heridos ya había expirado. Entonces Cruz ordenó a las cantineras cargar a los heridos y con los pocos hombres que le quedaban salió del recinto, convertido en un verdadero infierno, para abrir paso a la fuerza hacia la Plaza. En ese proceso el aguerrido subteniente y sus acompañantes sucumbieron. Para todo efecto la batalla había concluido.

Los pocos soldados aún con vida no tuvieron más opción que soltar sus rifles vacíos entre el llanto desconsolado de las cantineras. Para aquel grupo de valientes la resistencia había terminado; habían sostenido espartana lucha hasta el límite del coraje y la determinación que puede ofrecer un hombre. Todos sus oficiales, suboficiales y la gran mayoría de compañeros estaban muertos. Se entregaron pues al comandante Lago quién de inmediato los declaró prisioneros de guerra.

Para desgracia de ellos el oficial peruano no pudo contener la justa ira de los guerrilleros. Poco antes el coronel Gasto y la mayoría de soldados y oficiales del ejército regular se habían retirado en cumplimiento de órdenes superiores a sabiendas que en la práctica el combate había concluido y que era cuestión de tiempo rendir a los remanentes de la guarnición chilena. En consecuencia Lago no contaba con suficientes recursos como para frenar a los enfurecidos guerrilleros. A ellos los chilenos los fusilaban cuando los capturaban, les desconocían su carácter de beligerantes, quemaban sus viviendas, saqueaban sus pueblos y habían ejecutado a sus padres, hermanos e hijos. Decenas de ellos yacían muertos en aquel combate; Pagaron con la ley del talión. Ajenos al raciocinio que se pierde en circunstancias tan difíciles como las vividas, se lanzaron sobre los sobrevivientes y ante el horror del vecindario y la impotencia de los oficiales, lavaron las afrentas sufridas ultimándolos.
En Concepción, las huestes patriotas se enfrentaron al destacamento chileno al mando del Capitán Carrera Pinto, al cual sitiaron por espacio de 17 horas, con ayuda de la población.
En Concepción, los campesinos pobres de la sierra central terminaron con los abusos los del ejército chileno invasor.






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¿Qué quieres decir, wawitay?
09.07.2005 13:32
Demasiado largo para leer.

¡Jallalla Bolivia capitalista!
matedecoca>


si por tu cerebro PEQUEÑO! iletrado...jeje
09.07.2005 23:10