ASESINATO DE UNA NACION
Fernando Quiroz, 17.10.2003 11:02
Bolivia, el gas y la masacre programada...
Desde el punto de vista económico, social y cultural, probablemente estamos asistiendo a la muerte definitiva del país. Lo que hasta ahora fue una agonía más o menos encubierta por los propios poderes del Estado; de un tiempo a esta parte, se acelera brutalmente el proceso de depauperación y aculturación de la sociedad boliviana a vista y paciencia de quienes correspondería defenderla. El pueblo boliviano está presenciando inerme el asesinato cultural de toda la nación, está asistiendo bajo sus propias narices, masacres y crímenes cometidos impunemente ? ésta vez bajo la epígrafe de la palabra democracia ? por los responsables de gobierno, con la complicidad directa de la casta dominante y la indiferencia casi total de los medios de comunicación al servicio de los privilegiados, en la que solo se limitan repetir boletines y comunicados, montados únicamente para tergiversar la realidad del país. Esta propaganda enlatada que proviene de círculos los más reaccionarios del mundo occidental, es el alimento diario que machacan en las conciencias para quebrantar la resistencia del pueblo boliviano.
El afán de liquidar en dos zancadas a todo un pueblo, se acomoda perfectamente a la ideología de los dominadores del siglo XXI. El lucro determina el tipo de sociedad que merece beneficiarse de las migajas que dejan los Dueños del Mundo. La sociedad que no corresponda al perfil concebido por planificadores de alto vuelo en asuntos de mercadotecnia, debe desaparecer. La doctrina ultra-liberalista, por lo que va de Bolivia, en este momento arremete brutalmente contra todo aquello que represente diversidad, contra todo aquello que implique oposición al saqueo planificado de nuestras riquezas, contra todo aquello que encarne respeto por el hombre y el medio ambiente. La tarea prioritaria de los que ven el mundo cuadrado ? tal como una simple mercancía ?, es la de destruir aceleradamente a sociedades heterogéneas, ricas en sabiduría, valiosas en experiencia ? como el caso de la sociedad boliviana ? pero que incomodan terriblemente al abrumado mundillo planetario de negocios y comisiones. En otras palabras, la obligación medular de los que acaparan el mundo, es de remplazarla por otra: postiza, dependiente, uniforme, manipulable, sumisa y corrompible a las componendas, gangas, dividendos, señuelos y espejismos pecuniarios.
La entrega concreta del país ya ha se ha iniciado. Con la bandera de la palabra prostituida: ?democracia? el gobierno de Sánchez de Losada esta vez si que lo remata al país. No importan las consecuencias de éste acto de flagrante traición, tampoco importa la masacre de bolivianos sino, lo que vale es su lealtad de servidor de aquel gigante que tanto sufrimiento está causando al pueblo boliviano. Desde hace meses atrás, diplomáticos, negociantes, economistas, consejeros, expertos en mercadotecnia de firmas estadounidenses, destacamentos de empleados-mercenarios, legiones de agentes que sirven de informadores llegan al país en inusitado ajetreo, motivado por el brillo del dinero que les ofrecerá a raudales el gas boliviano recientemente descubierto en Tarija, considerado como los más importantes de toda América.
El interés por comercializar estos yacimientos es enorme. Gigantescas compañías estadounidenses y españolas están poniendo al país al borde del precipicio. Este descubrimiento debería producir alegría de todos los bolivianos, pero como era de suponer, se torna en pesadilla monstruosa, debido a la avidez de los que manejan el mundo. Poseer riquezas naturales, hoy en día, es una fehaciente adversidad por que amenaza el aniquilamiento de las estructuras económicas, sociales y culturales de los pueblos. La codicia de EE.UU. es ejemplo claro de lo que está pasando en el mundo, solo basta mencionar a Irak que fue destruida en un abrir y cerrar de ojos con el argumento inverosímil de instalar paz y democracia. Su economía local fue paralizada. El terror, la muerte y el odio provocado por los agresores hoy se campean impunemente. Las esperanzas de mejores días de aquel pueblo mártir se esfuman.
En Bolivia las polémicas contradictorias sobre el gas son fabricadas por consejeros en comunicación venidos del Norte. Acuerdan por adelantado enemistar, dividir a las regiones y a sus pobladores según sus proyectos. Elaboran estrategias de vocabulario, ideadas por expertos en lingüística y propaganda comercial para confundir a los ciudadanos. Suministran argumentos y conceptos para que todos debatan en torno a reglas que ellos mismos crean. Urden tácticas y maniobras para demoler a los que incomodan. Implantan con sagacidad una atmósfera de desconfianza para sacar ventajas. En fin, la eficiencia empresarial, la competencia profesional, la mentira organizada y la persuasión bien estructurada puesta al servicio de los dominadores es aplicada para destruir a toda una sociedad.
Desde hace una semana el desconcierto llega a su límite. No solo son peticiones salariales de empleados y obreros ni reivindicaciones de cocaleros del Chapare ni demandas de los campesinos sin tierra. El pueblo sale a las calles para defender el país, para pedir justicia y pan, para exigir la renuncia de los representantes de gobierno que han traicionado a los bolivianos. El terror en las calles de El Alto y la ciudad de La Paz cobra más de 50 vidas, centenares de heridos, detenciones en masa, etc. Como en toda masacre, casi todos pertenecen a condiciones humildes. como en toda represión todos son militares ?los mismos uniformados de antaño, como si fueran copias exactas de los que sirvieron en las dictaduras. Esta vez defienden una insólita democracia: sanguinaria, hueca y sin contenido. Obedecen ciegamente las órdenes de sus jefes, quienes a su vez cumplen decisiones de alto mando y estos a su vez cumplen órdenes y contraórdenes de criminales modernos de cuello y corbata, en una cadena macabra de consignas con claros propósitos de fundir al país y demoler la estructura social que aún queda en pie después de la noche trágica del colonialismo.
El argumento del desacreditado ?desarrollo boliviano? que llenan los discursos oficiales, ya no puede dorar la píldora a nadie. El pueblo conoce de sobra su siniestro significado. En diferentes épocas de la sangrienta historia boliviana, solo trajo dolor, luto y miseria. Sirvió para alimentar al sistema de denominación colonialista, en la que murieron 8 millones de indígenas, durante siglos de trabajo forzado en las minas de plata de Potosí. Basta visitar las regiones saqueadas que sirvieron para erigir el todopoderoso imperio del dinero del mundo Occidental, para darse cuenta de la ignominiosa realidad. Las minas de Potosí y Oruro son testimonios patentes del desvalijamiento de nuestros recursos naturales, una vez que se agotaron sus riquezas en los años 80 más de 70.000 mineros con familias fueron arrojados al Chapare en la más completa miseria y abandono, hoy estos mismos mineros reconvertidos en campesinos cocaleros nuevamente cargan la consecuencia de la política de agresión de los EE.UU.
Seamos claros: hasta ahora el pueblo boliviano ha vivido bajo una economía clandestina, independiente de los delirios progresistas de los representantes del Estado, fuera del alcance de un estrambótico desarrollo que mas que desarrollo pareciera que fuera una propagación de una enfermedad contagiosa que aniquila y deja en la miseria a millones de seres humanos. Esta economía arrinconada ha servido para solucionar en cierta medida el hambre provocada por los modernizadores de pacotilla. En Bolivia, el circuito económico de la agricultura «tradicional» sin intermediarios, fue siempre una realidad palpable e inédita, pese a los esfuerzos suicidas del Estado para hacerla desaparecer.
La ?economía campesina? modelada por la tradición ancestral, está presente en todas partes de Bolivia, es una evidencia indiscutible. Proviene de la estructura socioeconómica del antiguo «Imperio» Incaico, basada en la solidaridad, la reciprocidad y el trabajo comunitario de la tierra. La producción, la distribución y el consumo de la mayor parte de las regiones del país, está asegurada gracias a este equilibrio sociocultural único en el continente americano por su magnitud y originalidad. Los campesinos indígenas desde hace siglos han cimentado apropiadamente, una organización recurrente de la producción agrícola y su administración, inversamente a la postura oficial por desarrollar la llamada «nueva economía de mercado» basada en la injusticia y la explotación. Los gobiernos bolivianos ??dictaduras y «democracias» confundidas?? no obstante estas contribuciones «caídas del cielo», siempre las combatieron duramente a este aporte generoso y original a la economía nacional.
A pesar de la proverbial oposición de los responsables del Estado por estimular la agricultura comunitaria, ésta ha servido ??paradójicamente?? en tiempos de crisis, a limitar las fluctuaciones inflacionarias de productos alimenticios; en tiempos normales, ha auxiliado a la población de escasos recursos económicos con suministros de calidad a precios accesibles y, sobre todo, ha contribuido de manera determinante a evitar la hambruna.
En estas condiciones absurdas y aberrantes de parte del poder central, ? pese a todo ? fue y es una repuesta formidable a la crisis económica originada por la mundialización, porque éste sistema fuera del circuito de la economía de mercado controlada por los poderosos, ha permitido dar un cierto respiro a la gente empobrecida, huérfana de la protección de las instituciones del Estado y desde el punto de vista dinámico, ha servido siempre como catalizador de la actividad económica del país.
En este contexto frágil, la desaparición de ésta estructura económica milenaria, ocasionaría consecuencias incalculables, por consecuencia la desaparición del país. Los campesinos bolivianos en la hora actual, juegan un papel importante en la defensa de la tierra porque es la sola alternativa para alimentar al país, hoy exigen efectivas medidas para un desarrollo auténtico del país.
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