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EL TURISMO Y LA HOSPITALIDAD INDIGENA

Gustavo Esteva, 05.06.2003 23:45


Este articulo advierte, sobre las nuevas tecnologias y metodos de invacion cultural, ambiental y economica que ya se practican disimuladamente,y abusan de la hospitalidad de los habitantes del territorio continental ABYA YALA PACHA TAWA INTI SUYU


LOS LÍMITES DE LA HOSPITALIDAD

MASHI Gustavo Esteva

LA INTERCULTURALIDAD NUESTRA

Por varios siglos, hace más de 511 años, un alto
número de mayas, de la región que hoy constituye el
sur de México y parte de Centroamérica, viajaban por
lo menos una vez en su vida a lo que hoy es Estados
Unidos ABYA YALA NORTE para visitar a sus hermanos navajos y a otros pueblos vecinos. Era una excursión de siete años, a pie. Estaríamos colonizando el pasado si le atribuyéramos propósitos de turismo o comercio.

Con obsesión alemana, un investigador preparó una
estimación estadística peculiar. Comparó la proporción
de alemanes que en el siglo XX viajó por Europa con la
de los pueblos que hoy constituyen Alemania que lo
hicieron en el siglo XVI. El resultado sorprendió a
todos. A pesar del turismo de masas y de los medios
modernos de transporte que actualmente facilitan en
grado extraordinario la relación entre los europeos,
la proporción de ?alemanes? que transitaron por el
continente fue mayor en el siglo XVI que en el XX.
Sería de nuevo colonizar el pasado atribuir a aquellos
viajes funciones turísticas o comerciales. Tenían
propósitos religiosos, intelectuales y culturales. No
eran turismo.

TURISNO INDUSTRIAL
El turismo es una invención muy reciente. Nace y se
extiende a medida que se consolida y expande el reino
de la sociedad económica, que modifica la condición
humana de los hombres y mujeres reales para constituir
el homo economicus, el individuo posesivo nacido en
Occidente.

Para observar a ese personaje peculiar que llamamos
turista, tenemos que considerar primero la
transformación que lo hizo posible. Ser turista es
solamente adoptar una de las funciones y formas de
existencia del individuo económico.

El desarraigo es condición primordial de la sociedad
económica. El individuo debe perder todo sentido de
lugar. En vez de habitante, ha de convertirse en mero
residente del espacio sin forma creado por el mercado
y el Estado.

Las bestias tienen madrigueras; el ganado, establos;
los carros se guardan en cobertizos y para los coches
hay cocheras. Sólo los hombres pueden habitar. Habitar
es un arte. Únicamente los seres humanos aprenden a
habitar. La casa no es una madriguera ni una cochera.
En muchas lenguas, en vez de habitar puede decirse
también vivir. ?¿Dónde vive usted??, preguntamos,
cuando queremos saber el lugar en el que alguien
habita. ?Dime cómo vives y te diré quién eres.?
(Illich 1988, 27).

Equiparamos habitar con vivir cuando nuestro entorno
es habitable y nosotros somos habitantes. Cuando toda
nuestra actividad se refleja en la habitación, que es
una huella de vida de quien la construye y mora en
ella. Cuando los habitantes de una comunidad dejan en
ella su huella, haciéndola habitable. El arte de
habitar no sólo crea espacios interiores. Hace también
habitable lo que está más allá de sus umbrales, las
zonas comunales, a cuyo uso todos tienen derecho pero
sólo en la forma comúnmente reconocida por la
comunidad.

La mayoría de los europeos o los norteamericanos sólo
saben del arte de habitar por relatos. El mundo
moderno se ha vuelto inhabitable, a medida que lo
invaden espacios económicos en los que se impide que
los ciudadanos intervengan de manera activa en la
creación y transformación de sus entornos. Se les ha
convertido en meros residentes, obligados a mantener
con cuanto les rodea la misma relación impersonal y
distante del huésped de un hotel. Este desarraigo
lleva a muchos de ellos, perdida ya toda lealtad al
lugar, a convertirse en vándalos transitorios por
donde pasan.

Actuar como turistas, para esos individuos
económicos, significa sólo reproducir temporalmente su
forma habitual de existencia en espacios económicos
creados para su recreación y descanso. Para amplias
capas de la población, atrapadas cotidianamente en las
nuevas formas de esclavitud que impone el trabajo
asalariado y en la rutina frenética y violenta de las
ciudades modernas, escapar de todo ello durante las
vacaciones se ha convertido en una compulsión intensa
y un derecho humano fundamental. En algunos casos,
sólo se aceptan las condiciones cotidianas inhumanas
por la expectativa de escapar periódicamente de ellas.

La industria del turismo se concentró por muchos años
en la reproducción cuidadosa de espacios y condiciones
familiares para el individuo económico en sitios
atractivos por sus paisajes o climas, a los que se
daba un barniz de cultura local. Despertarse en un
Sheraton o comer en un MacDonalds resultaba más
importante que saberse en Bangkok, El Cairo o
Acapulco. La saturación de ese esquema, propio de
todas las mercancías concebidas para la rápida
obsolescencia, ha estado conduciendo a nuevos
dispositivos. De ese turismo insertado se ha pasado a
una larga serie de variantes: el turismo integrado, el
de aventuras, el cultural y el de naturaleza
(eco-turismo). Recientemente, para empacar la
mercancía en condiciones más aceptables y de moda, se
agregaron el turismo sostenible y el justo. Este
último corresponde a la nueva moda del comercio justo.
Habría que agregar, incluso, el turismo ?político?,
como el que llevó a hablar del Zapatour para calificar
a algunos visitantes de la Selva Lacandona que desde
1994 intentaron una suerte de turismo ?revolucionario?
con los zapatistas, como antes lo hicieron con los
cubanos o los sandinistas.

INVACION CULTURAL DISIMULADA

En todas sus formas, hasta en aquellas que pretenden
ser más respetuosas del ambiente y la cultura locales,
el turismo tiene un impacto destructivo y constituye
una nueva forma de colonización. Los turistas no
pueden evitar ser lo que son. Llevan consigo una
manera de ser en el mundo que consideran superior a
todas. Piensan que viven en el estadio superior de la
existencia humana, y tratan espontáneamente de
extender esa condición por todas partes. El impacto
destructivo se ha estado agravando por la medida en
que el gran capital turístico, plenamente
transnacionalizado, ha dejado de invertir en los
sitios turísticos. Ahora se ocupa de controlar
turistas, para llevarlos por el mundo a los lugares en
que puede obtener mayor utilidad. No tiene ya
preocupación alguna por el deterioro de esos sitios o
el impacto destructivo de los turistas. Cuando agotan
un lugar, trasladan a sus turistas a cualquier otro,
dejando tras sí un desierto.

LOS PUEBLOS INDIOS RESISTEN

Los pueblos indios han logrado resistir esa
transformación general de la condición humana propia
de la sociedad económica. No son individuos, sino
personas: nudos de redes de relaciones reales, cuyo
entrelazamiento forma sus comunidades. No sólo
mantienen un fuerte sentido de lugar. Su lugar forma
parte de la definición de sí mismos. En la porción de
la Madre Tierra que heredaron de sus ancestros ejercen
libremente su arte de habitar, como auténticos
habitantes. No tienen meros territorios, como los
animales, que por instinto acotan y defienden los
suyos. Los pueblos indios tienen en sus comunidades un
hogar y un hábitat comunal, concebido y transformado
no por el instinto y los genes, sino por la cultura,
la experiencia y la reflexión.

Muchos pueblos indios no lograron resistir 511 años de
colonización y desarrollo. Desaparecieron o se
incorporaron, a menudo como ciudadanos de segunda
clase o de cuarta o quinta, a la sociedad económica
moderna. Pero otros muchos han logrado seguir siendo
lo que son. No han podido impedir la invasión
económica de sus vidas y entre ellos ha empezado a
circular el virus del individualismo. Sin embargo,
como han estado repitiendo en los últimos años, su
cultura sigue llena de vitalidad: ?Arrancaron nuestros
frutos, quebraron nuestras ramas y quemaron nuestros
troncos, pero no han logrado secar nuestras raíces.?

GLOBALIZACION?

Ahí están. Hoy se aprestan a librar una batalla
decisiva. La expansión de la sociedad económica,
basada en la colonización clásica, tomó otra forma al
término de la Segunda Guerra Mundial. Al iniciarse la
guerra fría los norteamericanos emplearon su
indisputable hegemonía para tomar el liderazgo de esa
empresa e impusieron universalmente el emblema que la
disimularía: le llamaron desarrollo. Al terminar la
guerra fría, tras cuatro fracasadas décadas de
desarrollo, ese emblema fue parcialmente sustituido
por otro: la globalización.

Este nuevo emblema simboliza un empeño, más vigoroso
que nunca, de transformar a cada hombre y mujer sobre
la tierra en un individuo económico. Este proyecto se
presenta con una fachada política, la democracia, y
una fachada ética, los derechos humanos. Ambas operan
como caballos de Troya de esta nueva forma de
colonización.

Los pueblos indios adquirieron rápida conciencia de lo
que esa empresa significa para ellos. El capital tiene
acaso más apetito que nunca, pero no tiene estómago
suficiente para digerir a cuantos quiere controlar. Al
tiempo que desecha rápidamente a buena parte de los
que ya tenía en su nómina, cierra las puertas del
mercado globalizado a quienes sobrevivían de la venta
de sus productos. Millones de personas, en particular
entre los pueblos indios, se han vuelto así
prescindibles, desechables. Se les trata como un
lastre del que importa deshacerse.

Al mismo tiempo, el capital globalizado intenta
invadir todos los territorios que encajan en su lógica
de apropiación. Intenta, incluso, convertir en
pulmones del planeta las pocas áreas que habían
logrado sobrevivir a su expansión destructiva, y
emplearlas como salvaguardia para proseguir su
frenética capacidad de contaminación del planeta. En
esas áreas, intenta convertir a sus habitantes en
policías ecológicos, que protejan para él esas
reservas naturales, al precio de abandonar sus propias
formas de subsistencia y sus culturas.

Los pueblos indios están conscientes de que todo
localismo será liquidado en la era de la
globalización. Por eso han concebido una opción que es
simultáneamente lo opuesto a la globalización y al
localismo. Es cierto que su resistencia al
colonialismo y al desarrollo llevó a muchos de ellos a
pertrecharse en sus comunidades, aislándose de los
demás. Es cierto también que así proliferaron diversos
localismos, que en algunos casos se convirtieron en
fundamentalismo. Hoy encuentran remedio y fortaleza en
la localización. Se afirman en sus propios lugares, en
sus comunidades físicas y culturales, aferrándose a
ellas con más vigor que nunca. Pero al mismo tiempo se
abren a amplias coaliciones de descontentos, indios y
no indios, que resisten como ellos, con imaginación y
talento, la dinámica de las fuerzas económicas
globales. En ese camino, bien localizados, descubren
nuevas formas y estilos de lidiar con ellas y dar paso
a una opción.

Es mi convicción que en ese contexto puede ubicarse lo
que se ha llamando turismo indígena. La expresión es
equívoca. No se trata de turismo de indígenas ni es
algo organizado o promovido por ellos. Corresponde más
bien a una tradición de resistencia que aprendió a
lidiar provechosamente con las fuerzas de la
colonización y el desarrollo transformándolas en otra
cosa al apropiárselas.


Para apreciar estas formas novedosas de respuesta, que
corresponden al tránsito de la resistencia a la
liberación y se encuadran en la lucha por la
autonomía, es indispensable ubicarlas también en otra
dimensión del contexto: la tradición de hospitalidad
de las culturas indias. En esa tradición fundan su
empeño actual por crear un mundo en que quepan muchos
mundos, en que sea posible celebrar y abrazar al otro.

TOLERANCIA MADE IN USA, HOSPITALIDAD INDIGENA RUNA

Desde el 11 de septiembre he escuchado muchos llamados
sensatos a la tolerancia, estimulados por inaceptables
reacciones de intolerancia. A pesar del ramo de oliva,
sin embargo, estos llamados a la tolerancia tienen
también la punta aguda de la intolerancia. Hieren,
lastiman. La tolerancia no puede abrazar.

Tolerancia significa sufrir con paciencia. La persona
que tolera percibe al otro como alguien que no tiene
al color apropiado de piel, el dios adecuado, el
comportamiento correcto. Siente la generosidad de
tolerarlo, de sufrirlo con paciencia. A veces, sin
embargo, quien tolera pierde la paciencia y ya no es
capaz de tolerar al otro. Aunque más gentil y
discreta, la tolerancia es solamente una forma
diferente de intolerancia. ?La tolerancia?, observó
Goethe, ?debe ser en realidad una actitud transitoria.
Debe conducir al reconocimiento. Tolerar es insultar.?

La hospitalidad, en cambio, es un reconocimiento, una
asociación, una forma de estar juntos de carácter
enteramente diferente. Ser hospitalario implica
reconocer el carácter pluralista de la realidad. Se
hospeda al otro aún sin estar de acuerdo con sus
argumentos, sus versiones del multiverso que es el
mundo. Ser hospitalario no significa seguir al otro,
adoptar sus puntos de vista, afirmarlo o negarlo.
Significa simplemente abrir los brazos y puertas para
él y aceptar su existencia en su propio lugar.

ABUSO DE CONFIANZA

La tradición de hospitalidad de los pueblos indios es
muy antigua y ampliamente reconocida. Aparentemente,
la comparten con muchos otros pueblos y culturas, que
la mantenían viva hasta que naufragaron en la
inhóspita sociedad económica. Lo que hoy resulta
sorprendente, en realidad, es que los pueblos indios
mantengan viva esa tradición hospitalaria, a pesar del
alto precio que han tenido que pagar con ella. La
dominación de LAS INDIAS, AMERICA COLONIAL, LATINA al territorio de ABYA YALA por los españoles empezó cuando Cortés y los demas empezaron a abusar de la hospitalidad que le ofrecían. Los últimos 511 años pueden ser vistos como un abuso continuo de la hospitalidad y la hospitalidad ofrecida por los pueblos
indios, lo mismo a personas que a cosas o tecnologías
que han resultado enormemente destructivos.

Los pueblos indios no pueden abandonar su tradición de
hospitalidad. Corresponde a su manera de estar en el
mundo, a su visión cósmica de un mundo plural y
abierto al que pertenecen. No pueden ser de otra
manera. La experiencia, sin embargo, les ha mostrado
la necesidad de fijarle límites, cuando se practica
ante personas e instituciones que no reconocen el
lugar que se reserva al extraño en una comunidad y que
tienden naturalmente a abusar de la hospitalidad que
se les ofrece.

La comunidad aislada es acaso un invento de la
antropología británica. En la realidad, las
comunidades han mantenido siempre intensa relación,
entre sí y con otros. Lo hacen ahora más que nunca. La
continuación de su resistencia, lo mismo que sus
empeños de liberación, exigen abrirse a los otros, a
los diferentes, y entablar con ellos diálogos
INTERCULTURALES que permitan descubrir ámbitos de
comunión, tanto para forjar las amplias coaliciones de
descontentos en las que participan como para imaginar
ese mundo en que quepan muchos mundos que quieren
crear.

Diversas comunidades indígenas hospedaron
acríticamente la oleada de turismo alternativo que
empezó a llegar a ellas en los últimos años. Algunas
se ilusionaron con los ingresos adicionales que traía
consigo, tan necesarios en esta época de vacas flacas,
cuando se están cerrando todas las puertas por las que
hasta ahora transitaban personas y productos. Esa
experiencia, lo mismo que la de aquellos que
examinaron cuidadosamente esa posibilidad antes de
aceptarla, ha llevado ahora a modificar los términos
de la apertura.

La llegada de personas extrañas a las comunidades,
incluso de turistas, puede ser una oportunidad de
interacción cultural como la que ahora intentan con
brío los pueblos indios para sus propios propósitos.
Puede también afirmar su cohesión interna, si se
realiza como decisión consciente de una comunidad que
se organiza expresamente para ese fin. Igualmente,
puede contribuir al cuidado de su patrimonio natural y
cultural, cuando éste es el motivo o pretexto de esa
presencia extraña, y traer algunos ingresos económicos
a la comunidad.

Todos estos aspectos atractivos del flujo de personas
extrañas a las comunidades conllevan el riesgo
evidente de muy diversos impactos dañinos en la
naturaleza y la cultura que el turismo trae consigo.
Sólo si los pueblos y comunidades mantienen pleno
control de la acción y establecen con claridad sus
límites es posible prevenir esos efectos adversos. Se
trata no solamente de limitar el número: la cantidad
de personas que una comunidad puede estar dispuesta a
recibir. Se trata también de la calidad: las
condiciones estrictas de comportamiento a las que
deben sujetarse quienes llegan e incluso sus
características. Es una operación difícil. De un lado,
muchos turistas vienen escapando de un mundo
excesivamente regulado y seguramente resistirán la
imposición de normas restrictivas, algunas de las
cuales pueden resultarles enteramente incomprensibles.
De otro lado, se trata de una transformación interna
particularmente compleja, porque implica vencer la
forma natural de ofrecer hospitalidad en las culturas
indias, que no reconoce límites. Da siempre por
supuesto que el extraño debe reconocer su lugar y
evitar toda intrusión en los ámbitos de la comunidad
que son exclusivos para sus miembros. Se requiere
ahora un autocontrol no siempre cómodo o fluido,
porque en cierta forma es antinatural, contrario a las
normas básicas de la cultura. En las comunidades,
tiende a ser mal visto el anfitrión que regatea sus
atenciones al huésped. Regatearlas al turista, y
además recibirlo con un catálogo explícito de
restricciones de comportamiento y movimiento, es una
innovación cultural riesgosa que las comunidades
adoptan con dificultad.

RED TINKU QOLLASUYU TAWA INTI SUYU
e-mail:  qolla_aymaras@hotmail.com





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