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EL GRITO DEL CALADERO

La Deuda o la Vida Mar de Plata, 09.12.2005 22:16


El Grito del Caladero- 3 de noviembre- Plaza Italia- Mar del Plata


Aquí estábamos sabiendo que nos sobrevendría la Cumbre, escuchando voces que levantan vallas de silencio en las cabezas.
Estábamos en esta ciudad pedazo de América a punto de ser sitiada, asediada por voces que, invocando viejos miedos, se ofrecen a conjurarlos a sangre y fuego con discursos que envenenan el aire y matan las palabras.



Algunos elegían el éxodo. Otros aprontaban tristísimas armas de batalla. Muchos pensaban que podían esconderse dentro de sus casas.
La ciudad se pertrechaba, y se oían crecer las vallas dentro y fuera de los cuerpos.

Pero el miedo existió siempre, desde que hubo rayo y trueno, inundaciones o sequías que amenazaban nuestros sueños. Era un miedo vital que conjurábamos reuniéndonos con todas las criaturas en ceremonias sagradas. Sembrábamos, cazábamos, buscábamos vivir y protegernos; igual que el puma, el venado o la colmena; con profunda reverencia a la inmensa red que nos sostenía con delicada naturalidad e infinita indiferencia.

Desde hace un tiempo los humanos empezamos a pensar que podíamos expulsar al miedo de la tierra. Y de paso a la vejez, a la tristeza y a la muerte. Y ahora estamos todo el tiempo hundidos en la violencia de aniquilar un enemigo que quiere aniquilarnos.
Cómo no buscar poder, entonces, acumularlo hasta tener todo el que existe, guardarlo, transarlo, ponerlo a plazo fijo, condenándonos a ?unirnos? alrededor de alguna consigna exacerbada para después partirnos por el solo ejercicio de la disputa del poder.

Como la calle es insegura, nos quedamos adentro, solos; y la calle está vacía. Como el crimen es violento, violencia contra el crimen. Como el enemigo es implacable, somos implacables con el enemigo. Si grita, gritamos más fuerte. Si golpea golpeamos, si mata mataremos. Le mataremos la muerte. Y si no podemos dormir, tomaremos algún tranquilizante, y eso será porque estamos enfermos, y la culpa debe ser de alguien. Ese es el enemigo. Hay que quitarle el sueño.

Persistimos, vallados por el miedo, en este preconcepto trágico donde todos los gatillos se van haciendo fáciles y el dinero es el único desesperanto que todos entendemos.
Encerrona trágica del lenguaje, clausura de las alternativas.
Se hace difícil.
No se hace.

Cuando empezó?
Cuando o como empezó, no sabemos. Tampoco sabemos que empezó. Pero sobre todo no sabíamos. Al hacer se va sabiendo.




Estábamos en esta ciudad, ya desde hace un tiempo, intentando nuevas formas del hacer político. Desde las asambleas barriales, los grupos autoconvocados, los colectivos horizontales, sabiendo que necesitábamos aprender otros lenguajes, buscar otras formas de relación, poder hacer.

Con alguna idea del como y casi nada del que, atravesados por la contingencia de las cumbres, entendimos que teníamos que encontrarnos y pensar juntos.

Tratando de alejarnos de disputas sin propósito, nos reunimos en el llano, para construir otra geografía, horizontal y colectiva (y como en ese mismo nombre del llano descubrimos la huella violenta de los opuestos antagónicos, la dicotomía que engendra y sostiene el miedo, empezamos a llamar ya-no a este espacio del hacer y pensar juntos que tratamos de construir cotidianamente)

Ahora en el recuerdo, algunos pensamos que empezó cuando intentamos sentir el latido de la tierra recorriendo el suelo palmo a palmo con el cuerpo. Porque, huérfanos de palabras con sentido, necesitados de la cercanía entre nosotros, buscando encontrar alguna matria, terruño, origen o lugar de pertenencia, estuvimos como ?venas abiertas?, en América Latina: vestidos de rojo nos acostamos en hilera sobre veredas, playas, parques y patios de escuelas y hospitales.

Unidos por los cuerpos, podíamos sentir la dureza de la separación y resistirla. Y cada tanto alguien cruzaba, se reunía con nosotros en el suelo llano, y nos tocaba.
Otros sentimos que todo empezó cuando decidimos tejer una red sin saber todavía que intentábamos juntar los pedazos de una ciudad despojada y mutilada. Fuimos a la cooperativa de rederos y aprendimos a hacer de un hilo solitario una trama resistente. Empezamos a cruzar bordes, retomando caminos entre el puerto y la ciudad.

Después seguimos tejiendo red en las escuelas y los chicos dijeron enseguida que tejíamos redes porque todo estaba demasiado desarmado, para unirnos.

Veíamos películas para después tejer red y hacer una pintada colectiva, construíamos un mensaje que llevábamos al siguiente grupo donde llegábamos con otra película y redes cada vez más grandes.
Las acciones siguieron en foros de seguridad, en sociedades de fomento y en comedores barriales.

Acciones, sostenidas con esfuerzo, con alegría, con dificultad.
Acciones para desbaratar la parsimonia y la formalidad del cómo se deben hacer las cosas.


En esos meses empezó a crecer la idea de ir al puerto para los días de la cumbre, encontrarnos con los vecinos atravesando las vallas invisibles que dividen nuestra ciudad.

En la semana del 12 de octubre proyectamos las cuatro películas en un ciclo que llamamos cine+acción, donde la gente siguió uniendo los pedazos, con la alegría del hacer juntos, aun sin poder explicar bien qué, tal vez por falta de palabras.

A una de esas películas, Pescadores (un documental sobre el puerto de Mar del Plata) invitamos a los trabajadores de la pesca que estaban en la plaza, acampando frente al municipio con su reclamo por el cuidado del recurso y el reparto de las ganancias, que fugan en dólares, de la banquina al exterior, sin rozar la ciudad.

Vinieron al cine y hablaron sobre el problema de la pesca: la depredación, el trabajo en negro, la continua violación de los acuerdos, la huelga, la situación desesperante de tantas familias de trabajadores portuarios. Vinieron también grupos de Buenos Aires interesados en participar en la ciudad para el tiempo de la Cumbre, los jóvenes del grupo Bristol, la gente de FM La tribu y de Indymedia. Ellos pidieron más red, se apropiaron de la idea de ir al puerto en los días de la cumbre.

Los Bristol querían ?reclamar la playa?, y ahora se trataba de una acción para ?reclamar el mar?, un encuentro territorial horizontal, con vecinos que se reúnen por un conflicto local, de trascendencia global, directamente relacionado con la implementación de las políticas neoliberales.

Cuando se lo propusimos a la gente de la pesca lo pensaron ? dudaron ? se entusiasmaron ? nos contaron del caladero ? qué es el caladero? La plataforma donde están los peces, el área donde se pesca. El nombre del recurso que están agotando.

Teníamos noticias de la depredación, pero contado por ellos sonó diferente. Desde sus historias, desde la necesidad de escucharnos, se sintió el dolor, y cruzamos las vallas, y el dolor fue nuestro.
Alguien dijo ?hagamos la fiesta del caladero, porque al caladero hay que empezar a defenderlo entre todos?. Enseguida pensamos en redes llenas de peces de papel, y ellos rieron, porque no eran esos sus métodos, pero aceptaron la ?otra? forma que nosotros podíamos ofrecer.

Tomó cuerpo la idea de juntarnos en Plaza Italia, convocar a instalar peces de papel y cartón y tejer las redes, estar juntos para hablar del problema, manifestarnos en pequeño, sin necesidad de prensa ni multitudes, pero demostrando, en los actos con el cuerpo, que el caladero es nuestro, y la plaza también.

Pero fiesta no ? ?el puerto no está de fiesta? ? entonces un grito ? grito sí ? ?el grito del caladero?
Grito también por el miedo. Porque el miedo estaba en todas partes. Promovido desde la prensa y por el despliegue de ?seguridad? en las calles. Miedo a la promesa de una violencia intempestiva, de todos contra todos, que se había instalado como otra valla de odio en cada cuerpo.

Y otra vez pensamos en las vallas. Las vallas metálicas reales que tanto nos molestaron, las que separaban a los representantes de los representados de este sistema democrático. Pensamos en las vallas de indiferencia que separan la industria de la lana del trabajo del turismo, a los hoteles de las huertas, al problema del transporte del problema de la pesca. Las vallas de individualismo que nos impiden acercarnos para hablar de nuestras diferencias, las vallas de soledad autoinstaladas que nos mantienen compartimentados, sin saber que hace/piensa el otro.

El miedo nuevo, invocado por los discursos de palabras muertas, actualizado por la presencia de la militarización, había sitiado a la ciudad que se entregaba sin un gesto.
Con el nuevo vuelve el viejo miedo que ya no sabemos conjurar.

¿Se trataba de eso, entonces? ¿De volver a conjurar el miedo?
No era fácil convocar a una plaza sin seguridad a unas 30 cuadras de Bush.
¿Sería posible que conjuráramos algo de ese miedo con la alegría de vernos llegar unos a otros con peces de cartón, a encontrarnos, bailar, cantar, y hacer caer las vallas de la ciudad sitiada?
El grito del caladero nació como una acción de todos.

No queríamos un espectáculo, no era una marcha, no se trataba de mostrar pancartas a otros ajenos, sin palabra.
Queríamos, necesitábamos reunirnos y encontrarnos. Que la gente traiga un pez o un mate y se siente a estar, charlar con otros, y entonces vemos. Solo entonces, cuando estemos ahí, cuando estemos los que hayamos decidido estar, podremos pensar juntos que hacer.

No se trataba de actores y espectadores. La plaza tenía un leve escenario, entonces usamos la pared del fondo para pintar, entre todos, un mural con peces sin otra dirección que la de los pinceles y pinturas que conseguimos.

En los bordes de ese mural anudamos las redes y fuimos poniendo los peces. Había de tela, de papel de diario, de pan, de cartón, con brillos, tules, decorados con semillas, con relieves creativos, diversos, no se repetían. Y llegaron en caravana los jóvenes de Bristol con la gente del taller de la cumbre de los pueblos, sembrando peces en los árboles, remontando barriletes y malabares.
Alguien puso a flamear una whipala. La murga inauguró el micrófono. Los pescadores enseñaron a tejer red. Un grupo pintó peces en la cara de los mas chicos.


Algunos charlaban y tomaban mate o mate cocido, otros grababan remeras, sacaban fotos, hacían su obra de teatro, tocaban su rock.

Para algunos fue un error en la organización, falta de información, puro descuido.
En realidad no pensamos que hubiera ni siquiera equipo de sonido.
¿Cómo no me avisaste? ¿Cómo pude perderme ese espectáculo? Repitieron horas y días después, tantos allegados.
Todavía es tiempo. Todavía puede salvarse lo que queda del caladero, todavía puede acabarse con el trabajo en negro, todavía podemos mostrar nuestra dignidad.

¡Si yo hubiera sabido! repetían algo tristes los amigos.
Pues hay que saberlo, que se está calentando el planeta, que están talando el bosque, matando las semillas y envenenando el suelo, que mueren de hambre y sed millones en el mundo.

Y nos atravesaron las cumbres, y nos atravesó Manu Chao.

Un amigo tocaba entre nosotros. No se oía mejor que en el cd, pero nosotros estábamos ahí, bailando su música, reunidos por la tarde de trabajo hasta la lluvia. Y no había policía, ni patovicas, no había tribuna vip. Un amigo tocaba entre nosotros.


¡Si hubieran difundido habrían llenado la plaza!, tal vez alguien pensó.
Pero habría sido un espectáculo y no habría habido encuentro.

Los encuentros, contingentes en este mundo extraño que nos toca, ocurren cerca de los cuerpos.
Seguramente pueden brotar encuentros justo donde estás ahora.




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el grito
19.12.2005 19:03
aaaaaa